
Aquellos viejitos parecían almas en pena. Como zombies deambulaban durante todo el día a la espera de algo que nunca llegaba. En las mañanas, buscaban el pan y el poquito de leche. En las tardes lo nuevo que llegaba a la bodega y si acaso, cualquier otra buena noticia en términos de avituallamientos. Los más fuertes hacían la cola del periódico en el estanquillo de la Ceguera y luego repartían los mismos a sus vecinos y así de paso, aprovechaban la oportunidad para ingresar algunos pesitos extras con los cuales se las arreglaban para aplacar el temporal del hambre y la miseria. Recuerdo en particular la anciana Teresita quien a los ochenta y dos años de edad, apenas podía sostener su cuerpo, ya jorobado por la continua falta de vitaminas y los ojitos, que se me antojaban nublados y marchitos al mostrar la turbidez de las cataratas.
Nadie les prestaba mucha atención. Algunos vivían solos, muchos habían enviudado o los hijos se habían marchado hacia otros países en busca de pastos más verdes. El resultado, el confinamiento de la existencia solitaria, el olvido y la pérdida de protagonismo en la sociedad. La Cuba de los noventa era una tierra vedada de esperanzas. El colapso económico anticipado por los expertos del mundo, se convirtió en realidad en apenas tres años. Por el año noventa y cuatro el número de defunciones de ancianos se incrementó de manera notable en nuestro barrio. Las muertes seguramente fueron interpretadas como el resultado de un proceso de selección natural donde los más débiles sucumben y los fuertes se perpetúan a través de la dureza genética.
No tengo dudas de que los viejos de mi barrio murieron de hambre y soledad. Aquellos ancianitos solitarios no tuvieron la oportunidad de sobrevivir en las mejores condiciones naturales posibles. La contraparte es la sombra del anciano dictador que se eterniza en el tiempo. Recientemente otro geriatricidio lamentable ha ocurrido en nuestra tierra, esta vez en un hospital de enfermos mentales de la capital cubana. El número real de fallecidos nunca será conocido.
El culpable es uno solo y todo el universo sabe quién es.