

Los Yanquis de Nueva York han sido eliminados. Para aquellos no familiarizados con el béisbol de las grandes ligas norteamericanas, los Yanquis son el equivalente al Real Madrid de la liga española o el Manchester United de la liga inglesa. Lo común en los tres equipos, es que sus dueños escatiman muy poco dinero en el afán de poner banderines y galardones en las altas paredes de sus estadios y a veces la ética de la competencia leal se desvanece, especialmente cuando se trata de firmar, con suculentos contratos a los mejores jugadores disponibles. Los Yanquis, en esta temporada, pagaron 207 millones de dólares en salarios; por el contrario, los ganadores del Texas solo pagaron 55 millones de dólares. El tercera base de los yanquis Alex Rodríguez recibirá al final de la serie mundial 33 millones, mientras la suma a recibir por todo el staff de lanzadores de los favoritos del Texas se quedará por debajo de esa cifra.
Sin embargo en la gran victoria del Texas hay mucho más que mesura y talento. Josh Hamilton jardinero estelar y ganador del trofeo al jugador más valioso de la serie, regresa a la cima, después de años tratando de combatir su adición por el alcohol y las drogas. Sus compañeros de equipo prefirieron celebrar la victoria con Ginger Ale en vez de la tradicional propulsión del champan y así honrar la estricta disciplina que ha logrado encausar la carrera del gran bateador.
El imperio del mal ha sido derrotado una vez más. La moraleja es simple: el dinero no puede comprar la victoria, solo el talento y la convicción de los jugadores. Ojala los inescrupulosos que habitan las oficinas desde donde se mueve el dinero de los Yanquis aprendan la lección. El béisbol es un gran juego que no debe ser empañado por la codicia y el afán enfermizo de ganar a cualquier precio. Bienvenido el esfuerzo de los campeones.